Ouro Preto

Breve relato del paseo por Ouro Preto, en Minas Gerais, ciudad barroca de montaña a 1.150 msnm. Los paisajes se revelan en cada curva, no como vistas estáticas, sino como secuencias que se activan con el movimiento del cuerpo. Al caminar por sus calles recordé la ciudad de Quito, aunque aquí el trazado no responde al damero hispánico, sino a una lógica sinuosa, ajustada al relieve topográfico.
Ouro Preto hoy se vive como un espacio transitado: estudiantes, turistas y habitantes locales comparten las mismas pendientes. Subir y bajar forma parte de la rutina, y eso configura una corporalidad específica: el paso se acorta, la respiración se regula, la mirada se detiene. Las iglesias en las cimas no solo organizan el horizonte, también funcionan como referencias prácticas para orientarse en el desplazamiento cotidiano.
Buscando una plaza, al lado de un arroyo con un puente que tiene una cruz de piedra antigua en el medio, observe la algarabía, llegué, me senté y probé cachaça de miel, en un ambiente marcado por la fiesta: grupos conversando, música y mucho intercambio.
Siguiente día, visité el museo de Alberto da Veiga Guignard, donde sus ilustraciones para Passeio a Diamantina activan una lectura del paisaje entre lo imaginado y lo observado, ciudades y montañas entre los horizontes que da gusto dibujar y comprender su localización en esa relación de la mirada y el trazo.
Las ventanas abiertas muestran cuerpos que miran la calle; hay una persistencia del gesto de observar que parece atravesar el tiempo. Desde abajo, en las calles de piedra, dibujaba con el Vertikálix intentando registrar esa relación entre quien observa y quien pasa. Algunas ventanas se cerraban lentamente, con banderas moradas colgadas, marcando ritmos domésticos que se superponen a la escena compartida, la calle.
Recorriendo por junto a un pequeño parque llegue a la Capilla de Nossa Senhora do Rosário, de ahí salían cantos gregorianos; jóvenes clérigos terminaban su jornada. La lluvia ligera modificaba las condiciones materiales del entorno: la piedra mojada intensificaba los resbalones, también sus reflejos y cambiaba la percepción del color. Caminé hacia la Casa de los Fondos, donde revisé relatos sobre sus hornos y las monedas mineiras.
Ouro Preto aparece como una ciudad en capas: por un lado, imagen patrimonial y turística; por otro, un territorio de prácticas cotidianas densas. Sentado en la plaza central, observando a Tiradentes y los flujos que lo rodean —estudiantes, vendedores, habitantes—, el registro en el rollo del Verticalix se vuelve una forma de fijar esas relaciones en movimiento: no como imagen cerrada, sino como secuencia de encuentros entre cuerpo, paisaje y vida urbana.